Todo comienza por los datos

La búsqueda de personas desaparecidas forzadamente en el contexto del conflicto armado requiere de ciencia y de precisión en la información. Para entender cómo se busca en un país geográficamente diverso, es necesario empezar por los datos antes de que la primera pala toque la tierra.

La imagen de la portada fue generada con la ayuda de la inteligencia artifical Gemini de Google a partir de una fotografía real.

Texto: José Darío Puentes Ramos
– Publicado el 26 de abril de 2026 –


Bajo cordilleras y montañas escarpadas, en los ríos y en los cementerios de ciudades, pueblos y veredas yace una parte de la historia del conflicto armado colombiano: la de los centenares de desaparecidos forzadamente. Para la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), entidad surgida del Acuerdo de Paz de 2016 entre el Estado y las desmovilizadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP), a noviembre de 2025, son 136.010 los ausentes por la guerra; una cifra que incluye a quienes podrían estar vivos y a los que, lamentablemente, murieron. 

Por su parte, la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad —que también nació del Acuerdo de 2016 y terminó su labor en 2023— estima una cifra cercana a las 210.000 víctimas. Entre tanto, el Centro Nacional de Memoria Histórica maneja otros números: por lo menos, 80.000.

Si bien no existe una estadística unificada, el país lidera las cifras de desaparición forzada en América Latina debido a más de 50 años de conflicto armado. Para dimensionarlo: durante la última dictadura en Argentina (entre 1976 y 1983), se habla de entre 8.000 y 30.000 víctimas, aunque tampoco existe un número único. En Chile, bajo la dictadura de Augusto Pinochet, el registro estimado es de 3.400 personas desaparecidas. La comparación de estos datos evidencia la magnitud de la tragedia en Colombia.

La búsqueda de personas dadas por desaparecidas en el contexto del conflicto armado requiere de ciencia y de precisión en la información. Es un proceso donde la memoria de un familiar, esperanzado en encontrar a su ser querido, se convierte en dato forense, y donde la alteración de la naturaleza se vuelve una señal de hallazgo.

Para entender cómo se busca en un país geográficamente diverso, es necesario empezar por los datos antes de que la primera pala toque la tierra. Aquí la información es la principal herramienta, capaz de reducir la incertidumbre en una coordenada en el mapa.

El objetivo de la desaparición no es solo la eliminación física, sino la anulación total del individuo: de su nombre, sus apellidos, su personalidad, su identidad. Por ello, el primer paso no es excavar la tierra, sino escarbar en la lógica del conflicto armado y en los procesos históricos de búsqueda.

«El país tuvo fundamentalmente dos procesos importantes. El primero comenzó con la Ley de Justicia y Paz en 2005, cuando se desmovilizaron los paramilitares y confesaron a la Fiscalía General de la Nación lugares donde habían inhumado a sus víctimas. El segundo proceso comienza con la firma del Acuerdo de Paz de 2016, cuando se crea la UBPD, que tiene un carácter humanitario», explica Luis Fondebrider, antropólogo forense argentino, fundador y director durante 37 años del prestigioso Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Ha acompañado iniciativas de búsqueda de personas desaparecidas en diferentes países del mundo, incluido Colombia.

La búsqueda humanitaria no persigue un culpable penal, le apunta a la recuperación del cuerpo y a saber qué le ocurrió a la persona. Esto libera a la ciencia de las ataduras de la investigación criminal clásica. Fondebrider explica que el método antiguo, el del detective que busca testigos oculares, ha quedado obsoleto frente a la complejidad de este delito.

«Hoy se ha superado la clásica investigación policial donde el detective entrevista testigos. Se trata de recrear la vida de la persona desaparecida: dónde trabajaba, cómo era su familia, quiénes eran sus amigos, por dónde pasó, qué documentos dejaron huella», señala el experto.

El enfoque actual se basa en cinco preguntas fundamentales: ¿Quién?, ¿Dónde?, ¿Cuándo?, ¿Cómo? y ¿Por qué? Responderlas requiere una orquestación de saberes que trasciende lo jurídico. «Se utilizan fuentes orales, escritas, fotografías, videos. Y muchas disciplinas científicas colaboran en ese trabajo», añade Fondebrider.

Una persona buscadora es entrevistada por una investigadora de la UBPD – Foto: Comunicaciones UBPD

Aquí entra en juego la complejidad de la memoria. Rafael Abreu de Souza, antropólogo brasileño y coordinador del equipo forense del Comité Internacional de la Cruz Roja en Colombia, advierte que la información testimonial es un terreno pantanoso. Los familiares no mienten, pero recuerdan desde el trauma. «Es muy difícil trabajar con nociones de verdad si no entendemos que el discurso y la memoria también tienen sus propios regímenes de verdad. Si alguien nos cuenta algo, vamos a un sitio y no encontramos la fosa, no quiere decir que la persona esté mintiendo automáticamente».

La memoria es cambiante, así como los paisajes. Un árbol que servía de referencia hace 20 años ya no existe; un camino de herradura, que sería de ruta, se ha desviado y llenado de maleza. Por eso, la ciencia no puede depender solo del relato oral: necesita convertirlo en datos duros.

Antes de saber dónde está alguien, hay que definir con precisión quién es. En un país fracturado socialmente, la identidad no siempre está en el registro civil. Aquí la búsqueda se cruza con la sociología. Ana Carolina Guatame, antropóloga de la organización Equitas, maestra en antropología forenses de la Universidad Central de Lancashire, en el Reino Unido, y docente de investigación forense de la Universidad Externado de Colombia, señala que el concepto tradicional de familia a veces es insuficiente para recolectar la información ante mortem —datos previos a la muerte—, necesaria para una futura identificación.

«Antes se hablaba mucho de familiares, pero cuando estamos ante personas que pueden haber sido diversas en términos de género, o que se vincularon a un grupo armado, esa ‘familia social’ puede tener mucha más información biológica que un familiar consanguíneo con el que se rompieron relaciones hace mucho tiempo», detalla Guatame.

Pongamos un caso: un joven que huyó de su casa por su orientación sexual o que fue reclutado siendo niño. Su madre biológica puede recordar una cicatriz de infancia, pero su ‘familia social’ —sus compañeros de combate, su pareja o su comunidad— conoce sus tatuajes de adulto, sus fracturas recientes, sus arreglos dentales e incluso sus transformaciones corporales.

Perfiles de personas desaparecidas en el conflicto armado son observados por una comunidad del departamento del Meta que podría contar con datos sobre lo que les ocurrió – Foto: Comunicaciones UBPD

Guatame enfatiza la importancia de documentar estas transformaciones, especialmente en poblaciones como la LGBTIQ+. «Con el tema de la transición de género hay cirugías para afinar rasgos faciales, tratamientos hormonales, etcétera. Toda esa información hace parte de las estrategias para la búsqueda».

La recolección de esta información requiere sensibilidad etnográfica. No es solo llenar un formulario, es reconstruir una biografía. Aunque existen herramientas como el Sistema de Información Red de Desaparecidos y Cadáveres (SIRDEC, creado por el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses), la riqueza del dato proviene de la entrevista profunda y del acceso a documentos como historias clínicas, registros civiles, entre otros.

Una vez hechas las preguntas correctas y construir el perfil de la persona dada por desaparecida, el problema se traslada al manejo masivo de esa información. En Colombia no existe un registro único que trace la trayectoria de un ciudadano desde la cuna hasta la tumba. Existen, en cambio, islas de datos desconectadas entre las entidades. Aquí entra en escena la ciencia de datos.

Ramón Ricardo Valenzuela, economista de formación y jefe de la Subdirección Técnica de Investigación Humanitaria de la UBPD, entiende el dato como un activo estratégico. Rastrear a alguien desaparecido en 1985 con herramientas de 2025, por ejemplo, implica digitalizar un pasado lleno de errores humanos. Valenzuela ilustra la fragilidad del sistema con un ejemplo cotidiano: la ortografía de un nombre.

«Leidy se puede escribir de muchas formas: con ‘i’ latina primero e ‘y’ griega al final, en viseversa (Leydi), con la ‘a’ en vez de la ‘e’ (Laidy)… Todo eso vuelve más complejo el tema», dice. Si un investigador busca ‘Laidy’ y la persona fue registrada como ‘Leidy’ en un hospital, el resultado es cero. Sigue desaparecida por una vocal. Para combatir esto, su equipo implementa algoritmos de búsqueda fonética. «Utilizamos la tecnología para que la búsqueda se haga desde lo que el sistema escucha y no de lo que escribimos. Eso ayuda a tener matchs (coincidencias) totalmente diferentes».

La búsqueda de personas dadas por desaparecidas en el contexto del conflicto armado requiere de ciencia y de precisión en la información. Para entender cómo se busca en un país geográficamente diverso, es necesario empezar por los datos antes de que la primera pala toque la tierra.
Una investigadora de la UBPD en trabajo de recolección de información en unas bóvedas de un cementerio – Foto: Comunicaciones UBPD

La ciencia de datos aplicada aquí no busca crear una base de datos única y perfecta —algo utópico—, sino tender puentes inteligentes entre la información existente. «La ciencia de datos trata de sacar a la luz lo que los datos a simple vista nos ocultan», dice Valenzuela.

A esta sofisticación, Abreu de Souza le suma la estadística bayesiana. En un escenario de incertidumbre, como lo es la desaparición, este modelo matemático permite trabajar con probabilidades. «La ciencia de datos nos ayuda a ver cosas que nosotros, con nuestro cerebro y limitaciones humanas, no observamos. Variables, direcciones y patrones que a veces no logramos percibir», agrega Abreu.

Cuando la ciencia de datos y la antropología han reducido el universo de búsqueda a un área específica, comienza el desafío en terreno. Colombia es un país de montañas y suelos cambiantes. Encontrar una fosa de hace veinte años es un reto contra la entropía.

Tradicionalmente, la búsqueda se hacía mediante pozos de sondeo manuales, un ejercicio lento y tedioso. La respuesta científica es la geofísica forense. Carlos Martín Molina, geólogo y doctor en geociencias, ha dedicado su vida a adaptar tecnologías para encontrar estructuras óseas bajo la superficie y aportar a la investigación forense. Su premisa es que el suelo tiene memoria. Al cavar una fosa, se rompe la estratigrafía natural (las capas de las rocas) de millones de años. Aunque se tape con cuidado, la densidad y la conductividad (hidráulica o eléctrica) cambian. Se crea una anomalía. «El rol del geofísico implica tener un contexto, acudiendo a mapas de suelos, rocas y topografía para decidir qué equipos son viables para excavar».

El ingeniero Héctor Javier Gómez viendo los resultados de un georradar – Foto: José Darío Puentes Ramos

Molina cuestiona los métodos manuales. «Hay comisiones judiciales que gastan 15 o 20 días haciendo solo pozos. Ya pasó en un juicio real donde el juez preguntó al antropólogo: ¿usted cómo sabe que en el espacio donde no cavó no estaba el cuerpo?». Para dar certeza técnica, se emplean herramientas que escanean el subsuelo. Dos de las más usadas son:

  • El georradar (GPR): Héctor Javier Gómez, ingeniero topográfico de la UBPD, describe el GPR como una antena que dialoga con la tierra. «Genera una onda electromagnética que viaja a través del subsuelo y rebota al encontrar discontinuidades, como una roca o un vacío. Esas ondas se traducen en imágenes llamadas radargramas».

    La ciencia está en la interpretación: el equipo no muestra huesos, muestra hipérbolas (líneas en forma de U invertidas). Sin embargo, tiene límites. «Funciona bien en terrenos secos y arenosos, pero en la selva del Chocó o el Amazonas, donde el suelo es arcilloso y húmedo, la señal se atenúa».

  • Tomografía de resistividad eléctrica: para los terrenos difíciles, la física ofrece la electricidad. Consiste en clavar electrodos en el suelo e inyectar corriente. «Medimos qué tan resistivo o conductivo es el medio (el terreno). En una fosa se encuentran vacíos o metales que alteran el flujo», detalla Gómez.

    Un cuerpo enterrado interrumpe el flujo eléctrico de manera distinta al suelo compacto. Ese resultado se mapea en colores, señalando dónde excavar. Molina ha validado estas técnicas enterrando modelos experimentales (cerdos y restos óseos) a profundidades controladas para medir la efectividad de los equipos.
Un forense de la UBPD usando un georradar en el cementerio antiguo de El Copey, en el departamento del Cesar – Foto: Comunicaciones UBPD

¿Qué ocurre cuando el área a investigar abarca cientos de hectáreas o es una zona minada? La ciencia debe elevarse. La geomática ofrece una perspectiva aérea, combinando drones con principios de botánica.

Andrés Mejía, geólogo con maestría en geomática de la Universidad Nacional de Colombia, investiga la ‘firma espectral’ de la desaparición. Su hipótesis: la descomposición de un cuerpo altera químicamente el suelo (liberando nitrógeno y fósforo) y físicamente (aireación por la excavación). Las plantas que crecen allí se alimentan de esos cambios, modificando su estructura celular y coloración de manera invisible al ojo humano, pero visible para sensores especiales.

Mejía utiliza drones con cámaras multiespectrales diseñadas originalmente para la agricultura de precisión. «El dron divide la luz en diferentes longitudes de onda. Existen índices como el NDVI o el GNDVI, inventados para detectar el estado de salud de las plantas, que aquí nos sirven para encontrar anomalías en el terreno», explica. 

Al procesar estas imágenes, un prado verde uniforme se convierte en un mapa donde las alteraciones resaltan. Una zona con vegetación inusualmente robusta puede indicar una fosa clandestina. «Donde hay restos óseos, la vegetación crece impresionante debido a la aireación y los nutrientes. Es un indicador biológico», corrobora Molina.

Esta técnica permite descartar grandes extensiones en horas, concentrando los recursos forenses solo en los puntos donde la vegetación señala una alteración.

La geografía del conflicto colombiano no da tregua. Los cuerpos han sido arrojados a ríos, esteros, basureros y ocultados en el caos administrativo de los cementerios. Gómez relata cómo la ingeniería se adapta a estos entornos.

Por ejemplo, en el estero San Antonio de Buenaventura, un municipio del Pacífico colombiano y del departamento del Valle del Cauca, zona de mareas complejas y manglares, fueron arrojados cuerpos de personas dadas por desaparecidas en razón del conflicto armado. Investigar allí requiere de técnicas avanzadas debido a que se buscan bajo el agua. «Allí usamos sondas atadas a una embarcación para escanear el lecho marino y un perfilador de suelo», explica Gómez. Estas herramientas buscan formas antinaturales en lo más profundo.

En el extremo opuesto está La Escombrera, en Medellín, una montaña artificial de desechos. Allí el reto era estructural, señala Gómez. «Necesitábamos calcular el volumen de los escombros para saber hasta dónde llegaba el suelo natural y hasta qué profundidad el terreno era homogéneo».

Pero quizás el escenario más frustrante no es el natural, sino el humano: los cementerios. Se estima que miles de desaparecidos están enterrados como N. N. (Ningún Nombre) en camposantos legales, pero lleno de caos en la organización. Fondebrider asegura que: «La mayoría de los cementerios en Colombia son un caos. Están descuidados, se entierran cuerpos sin marcas. Si uno quiere desaparecer un cadáver, lo más fácil es enterrarlo en un cementerio».

En Colombia, la tierra habla. Habla a través de los cambios sutiles en la clorofila de una planta, de la resistencia eléctrica en una ladera y de los patrones ocultos en bases de datos fragmentadas. La labor de estos científicos es traducir ese lenguaje oculto. Su trabajo demuestra que, aunque la violencia tenga la capacidad de desaparecer un cuerpo, es científicamente incapaz de borrar su existencia. Siempre queda un rastro, una anomalía, un dato. Y mientras haya ciencia, habrá búsqueda.


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