¿Por qué buscar?

La búsqueda no es un capricho, es la única llave para desbloquear el duelo. Sin la verdad sobre lo ocurrido con las personas desaparecidas forzadamente, la psiquis mantiene la esperanza, que paradójicamente se convierte en una barrera para la sanación.

La imagen de la portada fue generada con la ayuda de la inteligencia artifical Gemini de Google a partir de una fotografía real.

Texto y fotos: José Darío Puentes Ramos
Imágenes del archivo personal de la familia de Pedro Julio Movilla Galarcio
– Publicado el 26 de abril de 2026 –


Nancy García Villamizar no eligió ser buscadora. Entre marzo y agosto de 1982 sus hermanos Orlando y Édgar, estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia, fueron detenidos y desaparecidos forzadamente en Bogotá por el F2, como se le conocía a la hoy extinta División Investigativa y Judicial de la Policía Nacional de Colombia. Ella los describe como buenos deportistas y líderes estudiantiles. En ese mismo año, once jóvenes más tendrían la misma suerte, en lo que más tarde se conocería como el caso ‘Colectivo 82’.

Han pasado más de cuatro décadas, pero Nancy recuerda con nitidez el instante en que la unidad familiar se fracturó para siempre. Desde ese momento, la historia decidió que su vida estaría dedicada a la búsqueda.

La tragedia de los García Villamizar no se limitó a la desaparición, perturbó la estabilidad del hogar. La búsqueda de Orlando y Édgar se convirtió en una misión vitalicia. Nancy no olvida la promesa que le hizo a su madre en su lecho de muerte: «Cuando mi mami estaba enferma, ya en cama los últimos días, le prometí que iba a buscarlos. Y que iba a buscar los cuerpos. Claro que es una promesa muy dura y difícil de cumplir, pero le prometí buscarlos y saber dónde estaban».

Nancy García Villamizar y su hijo David – Foto: José Darío Puentes Ramos

Aquella promesa permeó a la siguiente generación. Su hijo David, quien no supera los 30 años, carga con lo que él llama su «pequeña gran tragedia». Aunque no había nacido cuando sus tíos desaparecieron, esas dos ausencias moldearon su crianza. Recuerda el momento exacto en que la realidad lo golpeó: ver a su madre desmoronarse ante una fotografía de sus hermanos durante una conmemoración.

«Mis tíos siguen desaparecidos. Mis abuelos no consiguieron el final que querían», reflexiona David. Para él, asumir la búsqueda no es solo un acto de justicia sino una urgencia de sanación: «Quiero que, cuando cuente la historia, pueda decir: conseguí que las cicatrices comenzaran a sanar. Dejar respirar las heridas de mi familia. Callar, de cierta manera, ese loop que tengo en la cabeza de los gritos de mi abuela cuando se estaba muriendo».

Una década después del caso de los hermanos García Villamizar y el ‘Colectivo 82’, la historia se repitió en otro hogar. El 13 de mayo de 1993, Pedro Julio Movilla Galarcio, líder sindical y militante político del Partido Comunista de Colombia – Marxista Leninista y el Frente Popular, fue detenido por agentes del Estado colombiano y desaparecido forzadamente en Bogotá tras dejar a su hija en el colegio. Candelaria Vergara, su esposa, recuerda ese día como el inicio de una tragedia sin final. El impacto en sus hijos fue devastador.

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José Antonio Movilla, quien tenía 11 años cuando desaparecieron a su padre, describe cómo su infancia se detuvo abruptamente. Ante el dolor de la ausencia y la transformación de su madre en una buscadora incansable, su mecanismo de defensa fue la disociación. «Yo sí desconecté cables», dice al recordar esos años. Utiliza una metáfora brillante, y a su vez dolorosa, para explicar la tortura psicológica de la desaparición: «No puedo decirle si mi papá está vivo o muerto. Queda uno sostenido en el tiempo. Es el gato de Schrödinger: está vivo y muerto a la vez». Esa ambigüedad impide cerrar ciclos y mantiene a la familia en un estado de alerta perpetua que ya supera los 30 años.

Orlando, Édgar y José Antonio son apenas tres de las 136.010 personas dadas por desaparecidas en razón del conflicto armado colombiano antes del 1 de diciembre de 2016, según los registros que maneja la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), entidad que surgió luego de la firma del Acuerdo de Paz entre el Estado y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP). A su vez, hasta el 15 de abril de 2026, en el país existen 52.022 personas buscadoras, como Nancy, David, Candelaria y José Antonio, de acuerdo con los datos de la UBPD. Pueden ser muchísimas más, ya que no todas las familias o allegados de quienes siguen ausentes por la guerra han denunciado los casos.

Ante un escenario de preguntas sin respuestas por décadas y desgaste emocional, ¿por qué persistir en la búsqueda? ¿Por qué no ‘pasar la página’? Carlos Gómez Restrepo, médico psiquiatra, psicoanalista y decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana, explica que la mente humana necesita concluir procesos para funcionar sanamente, lo que en la psicología de la Gestalt se denomina ‘Cerrar la figura’. «Mientras no haya un cierre de la historia, psíquicamente es muy difícil hacer un duelo. Siempre queda esa ilusión, ese deseo no cumplido de ver a la persona completa y de golpe; o no».

La búsqueda no es un capricho, es la única llave para desbloquear el duelo. Sin la verdad sobre lo ocurrido a las personas desaparecidas forzadamente, la psiquis mantiene la esperanza, que paradójicamente se convierte en una barrera para la sanación. Gómez Restrepo pone de ejemplo a las Madres de Plaza de Mayo, en Argentina: permanecen cada jueves en el centro de Buenos Aires, en Argentina, haciendo su histórica marcha, porque todavía no aparecen sus familiares, víctimas de la dictadura cívico-militar entre 1976 y 1983. Aún no hay cierre.

Maritza Villarreal, psicóloga de formación, investigadora experta en atención psicosocial y doctoranda en Ciencias Sociales de la Universidad de Cádiz, en España, ofrece otra perspectiva sobre la motivación para buscar: es la única forma de seguir vivas para muchas de las familias. Ante la ausencia —pues no puede hablarse de una pérdida total cuando se desconoce la suerte de la persona—, dedicarse a la búsqueda organiza la vida y canaliza la energía psíquica. «Buscar es lo que le permite vivir a quien experimenta una pérdida ambigua. Si se deja de buscar, se pierde la lealtad hacia quien desapareció», explica. Detener la búsqueda equivaldría a matar simbólicamente al desaparecido y perder la razón de existir. «Si fue lo que te permitió sobrevivir durante 30 años, ¿cómo dejas de buscar ahora? Te mueres».

Para Miguel Gutiérrez, psicólogo con maestría y doctorado en psicoanálisis y docente de la Universidad del Rosario, la motivación trasciende lo individual, pues existe una deuda ética colectiva. «Como ciudadanos, como humanidad, estamos en deuda de esclarecer este tipo de hechos», afirma. Encontrar permite una certeza necesaria no solo para la familia, sino para la sociedad: es la lucha por la verdad para la no repetición.

Nancy observa una foto familiar donde aparecen sus hermanos Édgar y Orlando – Foto: José Darío Puentes Ramos

De hecho, la desaparición forzada en Colombia no es un hecho del pasado. De acuerdo con el Comité Internacional de la Cruz Roja en Colombia, entre el 1 de diciembre de 2016, cuando entró en vigor el Acuerdo de Paz, y el 31 de julio de 2025, ese organismo internacional documentó 2.144 casos de desaparición ocurridos en ese periodo. La mayoría corresponde a civiles, entre ellos 201 niños, niñas y adolescentes.

Candelaria Vergara resume la motivación desde el amor hacia Pedro Julio y las demás personas desaparecidas forzadamente en el país. «Porque son seres humanos que se llevaron. Para nosotros son nuestro ser querido. Son seres de amor». No se busca un cadáver o un expediente, se quiere restituir la humanidad de alguien que fue amado y que, en sus palabras, merece dignidad.

La desaparición forzada no solo rompe la mente, es capaz de enfermar el cuerpo de quienes buscan. Saúl Franco, médico, investigador de la relación entre salud y violencia y exintegrante de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (entidad que también surgió del Acuerdo de Paz de 2016), es tajante al afirmar que es la peor forma de violencia porque impone «el imperio total de la incertidumbre», una sensación que suele devenir en enfermedades físicas.

Karen Juliet Urueña Suárez, psicóloga de la Corporación Vínculos, que ofrece apoyo psicosocial a víctimas del conflicto armado, ha documentado cómo el sufrimiento emocional de las personas buscadoras se traduce en patologías graves, un fenómeno conocido como somatización. «Es frecuente encontrar padecimientos crónicos como hipertensión o diabetes”, indica. Franco respalda esta observación, notando que el trauma ataca a la persona en su «parte más débil». El estrés crónico, el insomnio perpetuo (descrito por Franco como «un pésimo día» que se repite noche tras noche) y la alteración de los ritmos vitales debilitan el sistema inmunológico, abriendo la puerta a enfermedades autoinmunes y cardiovasculares.

Sin embargo, para la realización de este reportaje, no se encontraron investigaciones académicas sólidas sobre la correlación médica entre la desaparición forzada y enfermedades físicas específicas. Para el decano de Medicina de la Javeriana, este es un tema que merece ser estudiado a profundidad, pues abriría una nueva puerta para comprender las afectaciones del conflicto armado en la salud pública de los colombianos.

Varias fotos de Pedro Julio Movilla Galarcio – Archivo familiar

Si el cuerpo sufre, la mente habita un laberinto sin salida. La desaparición forzada crea una categoría de daño psíquico que desafía los diagnósticos tradicionales y desborda las capacidades de las terapias convencionales.

Gutiérrez habla del «duelo congelado», una paradoja donde la persona no puede avanzar porque hacerlo implicaría aceptar una muerte no probada. Esto genera trastornos afectivos, depresión profunda y anhedonia (la incapacidad de sentir placer o interés por la vida). Villarreal complementa esto con el concepto de ‘pérdida ambigua’: el desaparecido no es un difunto ni se encuentra vivo, es una presencia constante que no está. Ese estado impide los rituales de despedida y deja a la psiquis en alerta permanente, esperando un regreso que quizás nunca ocurra.

Juan Pablo Aranguren, profesor de psicología de la Universidad de los Andes y con experiencia de al menos 20 años en acompañamiento psicosocial a víctimas del conflicto armado, introduce un concepto para entender la psiquis del buscador: las ‘figuraciones espectrales’. Al no haber cuerpo y romperse el vínculo entre identidad y realidad, el desaparecido ocupa todo el espacio mental y físico. «El desaparecido está presente de manera constante», explica. No es una ausencia simple, es una presencia-ausencia que invade la cotidianidad. 

Gutiérrez añade que las familias buscadoras a menudo mantienen intacta la habitación del desaparecido, sirven su comida en la mesa o dejan la puerta sin seguro, «por si vuelve». Estas conductas, que parecerían patológicas en un duelo normal, son mecanismos de adaptación lógicos ante una realidad que quieren habitar las personas buscadoras. «La psiquis necesita tiempo. Usted no puede pedirle a una mente que ha estado 30 años buscando que en un año deje de hacerlo», añade Villarreal.

Nancy Villamizar con el archivo de imágenes que creó en memoria de sus hermanos detenidos y desaparecidos forzadamente – Foto: José Darío Puentes Ramos

Además, el daño no se detiene en quien vive la búsqueda, se transmite como un legado. Franco y Gutiérrez coinciden en la gravedad del trauma transgeneracional. Los silencios, los secretos y las angustias no dichas se filtran a hijos y nietos.

En el caso de David, el hijo de Nancy, heredó la lucha de su abuela y su madre, sintiendo la necesidad de cerrar una historia que comenzó antes de su nacimiento. José Antonio, por su parte, heredó el dolor. «Uno está peleando con lo que dejó la desaparición», dice, reconociendo que su vida adulta se construyó sobre los escombros emocionales de la ausencia de su padre.

Villarreal observa que en Colombia este trauma es particularmente complejo porque el conflicto armado no ha terminado. No es un trauma histórico cerrado, como el Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial, sino una herida que se reabre constantemente y se transmite a las nuevas generaciones.

Las familias que buscan no solo enfrentan la pérdida del ser querido, también la transformación radical de su propia identidad. Se convierten en otras víctimas de la desaparición. Villarreal señala un punto clave sobre este tema: el lenguaje. Existen palabras como ‘huérfano’ o ‘viudo’, pero no hay un término para quien tiene un ser querido desaparecido. Ante este vacío lingüístico y social, las familias construyen su identidad en torno a la búsqueda. Pero esto conlleva un riesgo inmenso: «Quien lidera la búsqueda a veces se pierde buscando. Se pierde para sus demás familiares», advierte.

Pedro Julio Movilla Galarcio y Candelaria Vergara con sus hijos – Archivo familiar

Por ejemplo, la madre que busca deja de ser madre para los hijos que quedan. Nancy confiesa implícitamente este sacrificio. Su dedicación ha significado tensiones familiares y renuncias personales. Franco cita un dato devastador: en el 41 por ciento de los casos documentados por la Comisión de la Verdad hubo ruptura del núcleo familiar tras la desaparición. La búsqueda une, pero el dolor y el desgaste también separan.

Urueña destaca cómo la búsqueda empobrece. Generalmente las mujeres de estratos bajos que se dedican a buscar pierden empleos, venden propiedades y gastan sus ahorros en transporte y trámites que ayuden encontrar a sus seres queridos ausentes. Se crea un círculo vicioso: la pobreza agrava la salud, lo que impide trabajar para seguir adelante.

«Dígame usted cómo hago yo para seguir esas indicaciones», le decían a Urueña las víctimas entrevistadas para su investigación cuando los médicos les recetaban ciertas dietas o medicamentos costosos. José Antonio recuerda cómo, tras la desaparición de su padre, perdieron la casa y vivieron años de precariedad, comiendo apenas lo necesario, mientras su madre perdía el empleo por dedicar su tiempo a la búsqueda.

Según los datos que maneja la UBPD, de las 52.022 personas buscadoras registradas en esa entidad, hasta el 15 de abril de 2026, al menos 30.000 son mujeres. En contraste, la mayoría de las víctimas de desaparición forzada en razón del conflicto armado colombiano son hombres (113.444). Y en el informe ‘Impactos en la situación social y económica de las mujeres buscadoras de personas desaparecidas forzadamente en Colombia’, del centro de investigación Dejusticia, se explica cómo la búsqueda afecta los proyectos de vida de las mujeres. «Muchas tienen que abandonar sus estudios, trabajos o aspiraciones personales para dedicarse plenamente a esta labor, marcada por la incertidumbre, la falta de apoyo institucional y numerosas barreras sociales. En muchos casos, la búsqueda se convierte en el eje central de sus vidas, redefiniendo sus prioridades, ocupaciones y formas de relacionarse con su entorno».

Buscar a un desaparecido en Colombia es un acto de resistencia que desafía al tiempo y al poder. Es enfrentarse a un sistema que, a menudo, apuesta por el cansancio y el olvido, mientras el cuerpo y la mente de las personas buscadoras pagan la factura impagable de la incertidumbre.

Sin embargo, en medio del dolor y la enfermedad, surge una fuerza inquebrantable. Como concluye José Antonio, la insistencia tiene dos fines que justifican ese sufrimiento: calmar el dolor propio y ejercer una función política vital de prevención.

«Si este país hubiese escuchado a las primeras buscadoras, por ejemplo a la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (ASFADDES), a lo mejor no tendríamos cientos de desaparecidos que vinieron después», reflexiona José Antonio. La mamá de Nancy, así como las de todas las personas desaparecidas en el caso ‘Colectivo 82’, fundaron esa organización, que hoy, más de 40 años después, sigue vigente. 

Por otra parte, el caso de Pedro Julio Movilla Galarcio fue presentado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos en 1996 por el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo y hasta 2022 ese órgano judicial determinó la responsabilidad del Estado colombiano en su desaparición forzada. Lo obligó a adelantar acciones de búsqueda permanente hasta encontrarlo o conocer su paradero.

La búsqueda continúa no solo para encontrar a los que faltan —vivos o muertos—, sino para que los que quedan no se pierdan también en el laberinto de la ausencia. En Colombia, buscar es, en última instancia, la única forma digna de seguir viviendo. Y mientras haya un desaparecido, habrá una familia resistiendo y recordándole al país que hay marcas del conflicto armado que el tiempo no borra.


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