La imagen de la portada fue generada con la ayuda de la inteligencia artifical Gemini de Google a partir de una fotografía real.
Texto y fotos: José Darío Puentes Ramos
– Publicado el 26 de abril de 2026 –
Las puntas de tres carpas de plástico blancas sobresalían en el cementerio de Fuentedeoro, un municipio del departamento del Meta, en la llanura colombiana. Se encuentra en la zona urbana, rodeado de casas, vías pavimentadas y pequeños comercios. Sobre el portón del camposanto se erige la estatua de un Cristo con los brazos abiertos, como si diera la bienvenida a quienes ingresan. A los lados de la entrada, cuatro estatuas de ángeles pintadas de blanco y con las manos juntas, en gesto de oración. En las afueras no se veían carros fúnebres ni gente congregada para acompañar un sepelio. Tampoco se adelantaban obras de mantenimiento. Había poco movimiento.
Era marzo de 2025. Hacía calor, aunque a ratos caía una leve lluvia. Las tres carpas blancas estaban a pocos metros de la entrada del cementerio y de una pequeña construcción que funge como salón para ceremonias y misas. Una cinta plástica morada con las palabras ‘Misión humanitaria’ en repetidas veces las acordonaba. En el interior, se extendieron varias mesas rectangulares forradas con tela negra o azul. En unas había computadores portátiles y carpetas con documentos; en otras, diferentes herramientas como pinzas de distintos tamaños, brochas de cerda grandes y pequeñas, escalpelos, bisturíes, navajas, cepillos, pegamentos, cintas adhesivas y métricas, reglas —también conocidas como testigos—, guantes, tamices de metal y tapabocas. En las demás, los restos óseos de personas y sus prendas de vestir, extendidos y organizados anatómicamente.
La humedad de la zona aumentaba la sensación de calor, que no daba tregua. Por ello, dentro de las carpas se instalaron unos ventiladores para que un equipo de investigación de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) pudiese trabajar con comodidad en el laboratorio forense al aire libre que montó en el cementerio. La UBPD es una entidad que sugió tras la firma del Acuerdo Final de Paz de 2016 entre el Estado colombiano y las hoy desmovilizadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP), guerrilla que operó en el país por más de 50 años. Su misión es buscar y encontrar a las personas que desaparecieron en medio del conflicto armado antes del 1 de diciembre de 2016, fecha en que comenzó a implementarse lo pactado en el acuerdo.
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Investigadores e investigadoras de la UBPD recolectan información de personas desaparecidas en medio de la guerra, escudriñan su posible paradero y lo que les ocurrió. Si lamentablemente murieron, un equipo de profesionales forenses de esa entidad ubica los lugares donde podrían estar inhumados los cuerpos, los recupera empleando técnicas de la arqueología y la criminalística; y aporta a la identificación -saber quiénes eran- a través del análisis odontológico, antropológico y médico.
Frente a una de las mesas, Luisa Fernanda Ruge Velasco acomodó con paciencia y delicadeza las estructuras óseas de una persona exhumada de una bóveda del cementerio de Fuentedeoro, recreó anatómicamente un ser humano, proceso conocido como lateralización. Ella vestía un delantal quirúrgico azul, guantes negros, tapabocas y un gorro con tapaorejas que también le cubría por completo el cabello. Tomó una vértebra, le retiró con una brocha el polvo y la tierra que se le acumuló por décadas y colocó el hueso en la mesa, ubicándolo junto con los demás. Hizo lo mismo con las costillas, con los fémures, con la pelvis, con los omoplatos, con las clavículas y con el cráneo.
Con los huesos pequeños de los dedos de los pies y las manos, Luisa Fernanda se tomó su tiempo en acomodarlos. Los minúsculos fragmentos óseos, aquellas partes que se desprenden de otros huesos, los colocó sobre un tamiz de metal para cernirlos y diferenciarlos de trozos de tierra apelmazada o madera de ataúd. De vez en cuando, revisó un libro con imágenes de la anatomía humana y su esqueleto, que tiene 206 huesos, para asegurarse que ubicaba correctamente cada parte. Una labor que se asemeja al armado de un rompecabezas.
Tras extender el cuerpo, puso los testigos —reglas con medidas en centímetros y milímetros que se utilizan en el trabajo forense— y le pidió a una criminalista que la acompañaba que tomara fotos. Luego se dedicó a examinar, con detenimiento y aún más paciencia, las estructuras óseas. «El antropólogo o la antropóloga forense, en este tipo de intervenciones, básicamente tiene dos roles: uno, las acciones de recuperación de cuerpos a partir de los sitios de disposición, ya sea en bóveda o en tierra. Se realiza la exhumación, la disposición anatómica, un inventario preliminar y un registro de las anomalías, patologías y posibles lesiones», explicó Luisa Fernanda, quien es antropóloga de formación, con interés en la línea de biología forense y maestranda en antropología de la Universidad Nacional de Colombia. Lleva más de dos años trabajando con la Unidad de Búsqueda.

El segundo rol, continuó explicando Luisa Fernanda mientras lateralizaba los huesos de otra persona que estaba en una de las bóvedas, es el de comparar los hallazgos de las exhumaciones con información previa sobre los cuerpos. Estos datos se obtienen gracias a la investigación que se hace sobre el cementerio y las personas que posiblemente allí fueron enterradas y que están reportadas como desaparecidas en medio del conflicto armado colombiano. «Con el equipo que ves acá, de manera interdisciplinar —desde la medicina, la odontología, la antropología y la criminalística—, se hace la asociación o la comparación de los cuerpos con la información pericial disponible a partir de necropsias —el examen forense que se le realiza a un cadáver antes de inhumarlo—, cartas dentales, actas de inspección y, en algunos contextos, las necrodactilias —las huellas dactilares que se le toman a un cadáver—, para ver si las lesiones o las descripciones reportadas en esta documentación coinciden con las que se encuentran en el registro óseo y dental de los cuerpos recuperados».
De acuerdo con Karen Ramey Burns, antropóloga forense estadounidense y autora del libro ‘Manual de antropología forense’, de 2007, la principal labor de los antropólogos forenses es la «recuperación, descripción e identificación de restos esqueléticos humanos (…) Operan con casos individuales, desastres colectivos, restos históricos y evidencias internacionales de transgresión de los derechos humanos». Para Luisa Fernanda y el equipo de la Unidad de Búsqueda, el caso que los llevó al cementerio de Fuentedeoro son las desapariciones forzadas ocurridas en la subregión del Ariari, en el Meta, en medio del conflicto armado, aproximadamente entre 1995 y 2006.
Según la investigación que realizó la UBPD, de corte humanitario y extrajudicial —porque no busca encontrar a los responsables de perpetrar este delito sino hallar a quienes están ausentes—, durante ese periodo se registraron desapariciones forzadas de personas oriundas del Ariari y de otras parte del país, que para esa época se encontraban en la subregión, por parte de grupos armados ilegales que hicieron presencia en los municipios de Fuentedeoro, Granada, El Castillo, Puerto Lleras, San Juan de Arama, San Martín y Lejanías, que conforman el territorio. Sus cuerpos estarían inhumados desde hace 20 o 30 años en varias bóvedas y tumbas en tierra del cementerio de Fuentedeoro.
Un reportaje publicado en octubre de 2013 en el portal web Verdad Abierta, medio especializado en cubrir el conflicto armado en Colombia, señala que el Frente Oriental de las FARC-EP, nacido en 1987, comenzó su presencia en el Meta desde 1991, expandiéndose después hasta los municipios de la subregión del Ariari. Por otro lado, el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), en su informe ‘Memorias de una guerra por los Llanos’ (2020), explica que entre 1996 y 1997 este grupo guerrillero concentró sus acciones violentas en lugares como Fuentedeoro.
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En el mismo informe del CNMH se nombra al otro grupo armado ilegal que estuvo en la subregión: el Bloque Centauros de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). La llegada con fuerza del paramilitarismo al Meta en 1997 abrió la puerta para que agrupaciones armadas del mismo tipo en el departamento se unieran a las AUC y conformaran este bloque en 1998.
Tanto las FARC-EP como las AUC se enfrentaron con la Fuerza Pública, buscaron el control territorial para dominar la subregión y se enfocaron en apropiarse de negocios ilícitos como los cultivos de coca para la producción de drogas. En medio de esas disputas, cometieron graves violaciones a los derechos humanos como el desplazamiento de poblaciones, el secuestro, el despojo de tierras, los asesinatos, el reclutamiento de personas a sus filas y la desaparición forzada.
De acuerdo con los datos de la UBPD, consultados en marzo de 2026 para esta historia, en el Meta existen 9.112 personas dadas por desaparecidas antes del 1 de diciembre de 2016 en medio del conflicto armado. Es el segundo departamento con más casos, solo detrás de Antioquia, que tiene 27.443. Y el Ariari, sumados todos sus municipios, tiene un registro de 1.331 personas dadas por desaparecidas.
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Juan Camilo Patiño vestía un traje antifluido blanco —que lo cubría de pies a cabeza—, tapabocas y guantes negros. El clima siguió caluroso. Él sudaba, pero era necesario llevar ese atuendo, que lo hacía ver como un astronauta o un personaje salido de una película de ciencia ficción. Lo protegía de infecciones y riesgos biológicos a los que está expuesto por su trabajo. Mientras se acomodó el traje, observó cómo un trabajador que apoyó a la UBPD rompía con martillo y cincel el frente de una de las bóvedas donde podría estar el cuerpo de una persona desaparecida por el conflicto armado. Una vez cayó el último pedazo de concreto y ladrillo, se acercó y encendió una linterna para inspeccionar al interior de los dos metros de profundidad que tiene la bóveda.
Le entregó unos datos a uno de los dos criminalistas que hacen parte del equipo de investigación. El cuerpo estaba cubierto con un plástico negro y una tela blanca manchada por tierra y polvo dentro de un ataúd de madera deshecho. Le describió otros detalles que logró observar, como si llevaba ropa o accesorios. El criminalista anotó esa información en un computador, escribiendo rápido en el teclado para no perder ninguno de los datos que le entregó Juan Camilo. Cualquier minucia es útil para identificar a la persona y saber cómo terminó allí.
Era momento de retirar el cuerpo. Juan Camilo le pidió al trabajador y al criminalista que le ayudaran a sacar ataúd. A la altura de la entrada de la bóveda, entre un metro y ochenta centímetros y dos metros del suelo, acercaron una de las mesas con las que lateralizan los cuerpos y con todas sus fuerzas empujaron hacia afuera el ataúd. «¡Está pesado!», «Ojo con la cabeza, ojo con la cabeza», se escuchó mientras jalaban y acomodaban a la persona en la mesa. Descansaron un breve momento, tomaron agua y siguieron con las labores.

Las altas temperaturas no cesaban. Juan Camilo le dijo al criminalista que tomara algunas fotos del hallazgo, imágenes que servirán tanto para la investigación como para los informes forenses que el equipo debe presentar. Siguió dentro el traje antifluidos y se subió a una escalera. Introdujo la mitad de su cuerpo en la bóveda y la inspeccionó de nuevo en busca de otros objetos que pudieron quedarse al interior. Quizá fragmentos de ropa y accesorios, de pronto algún hueso. No encontró nada, salió de allí y se quitó parte del traje, hasta la cintura.
Se notaba exhausto, pero Juan Camilo debía continuar con la búsqueda.
Para llegar hasta ese punto, Juan Camilo Patiño y el equipo de la UBPD tuvieron que indagar sobre lo ocurrido en el camposanto de Fuentedeoro, en el Ariari y en el Meta. «La investigación en este cementerio comenzó, más o menos, en 2022. El primer abordaje que se hizo acá por parte de la Unidad de Búsqueda fue a partir de un convenio con la Pastoral Social —organización civil que apoya iniciativas de construcción de paz y memoria—. Nos ayudó y trabajó conjuntamente con nosotros para caracterizar una serie de sitios de interés forense en el Meta, entre ellos el cementerio de Fuentedeoro», contó Juan Camilo, quien es antropólogo de la Universidad de Antioquia y ha trabajado en organizaciones y entidades que investigan el conflicto armado como el CNMH, la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (que, al igual que la UBPD, surgió de la firma del Acuerdo Final de Paz de 2016) y la Oficina del Alto Comisionado para la Paz. Actualmente estudia una maestría en antropología forense y lideró esta misión de recuperación de cuerpos.

Pastoral Social recolectó información de varios cementerios del Ariari donde hay cuerpos de personas no identificadas, cuyas muertes se relacionan con el conflicto armado. También obtuvo datos de otras fuentes, como hospitales y archivos de alcaldías municipales. Además, recogió el registro de personas que buscan a sus seres queridos desaparecidos. Esos datos fueron entregados a la Unidad de Búsqueda, que los trianguló con otras fuentes, como las necropsias y las actas de levantamiento de cuerpos que fueron enterrados en el camposanto de Fuentedeoro; y la información consignada en el Sistema de Información Red de Desaparecidos y Cadáveres (Sirdec), plataforma del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses donde se encuentran los registros de personas dadas por desaparecidas en Colombia.
Ese vasto análisis de información permitió inferir que en el cementerio de Fuentedeoro, entre bóvedas y lugares en tierra, posiblemente, están los cuerpos de 56 personas reportadas como no identificadas y sus fallecimientos se relacionan con el conflicto armado entre 1995 y 2006, años de mayor actividad de los grupos armados ilegales que hicieron presencia en el Ariari.
«A partir de allí, desde 2023, la Unidad de Búsqueda vino al cementerio con el equipo técnico-forense e investigativo de la entidad en el Meta y se hizo una caracterización, digamos, más completa de este camposanto. Se adelantó un levantamiento topográfico, fotográfico y documental de los sitios de interés forense y se recolectó nueva información de las necropsias. Ahí es donde empezamos a entrar nosotros. En esa caracterización, nosotros ya empezamos a ver cómo era el cementerio, a saber si los sitios de inhumación estaban en tierra o en bóveda, las condiciones de esos lugares, las condiciones climáticas del municipio, entre otros contextos», explicó Juan Camilo.
El cuerpo que Juan Camilo, el trabajador y el criminalista sacaron de una de las bóvedas es uno de los 45 que la Unidad de Búsqueda recuperó durante las tres intervenciones que hizo al camposanto entre junio de 2024 y marzo de 2025 y que podrían corresponder a víctimas de desaparición forzada en el marco del conflicto armado.

El criminalista y Juan Camilo cortaron con cuidado el plástico que cubría el cuerpo. Debido a que el ataúd se había deshecho, los pocos restos de madera fueron descartados. La humedad acumulada, el caluroso clima de Fuentedeoro y el paso del tiempo acabaron con el cajón y lo redujeron a pedazos. Comenzaron a sacar hueso por hueso y en otra mesa los organizaron anatómicamente.
Con demasiada delicadeza, procurando que no se rompiera porque el hueso estaba frágil y con fracturas, sacaron el cráneo y lo colocaron sobre una base circular de icopor. La mandíbula se había separado. Luego se fijaron en el tórax y las costillas. Juan Camilo señaló un bulto en su interior que parecía tierra, pero explicó que se trataba de cal. Según la investigación, algunos cuerpos fueron arrojados a ríos de la subregión con este mineral para evitar que flotaran. También se utilizaron piedras con el mismo fin. Las comunidades los rescataron cuando llegaban a las orillas y los inhumaron en el cementerio.
Con las brochas, los restos óseos fueron limpiados. Además de los huesos, se encontraron prendas de vestir. Estas no son descartadas, al contrario: también pasan por un proceso de limpieza y aportan a la identificación de la persona a la que corresponde el cuerpo.

Juan Camilo se sentó frente a un computador, aún con el traje antifluido puesto hasta la cintura. Complementó la información de los hallazgos que comenzó a escribir el criminalista. Comió unas galletas y tomó agua para refrescarse. Le esperaban otras bóvedas para adelantar el mismo proceso.
Desde que inció labores, en 2018, hasta el 15 de abril de 2026, la Unidad de Búsqueda ha intervenido 2.246 sitios de interés forense en todo el país, entre lugares de inhumación de cuerpos a campo abierto y cementerios como el de Fuentedeoro.
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La médica Claudia Marcela Figueroa Bernal, la antropóloga Luisa Fernanda y una criminalista se encontraban alrededor de una de las mesas con uno de los cuerpos ya lateralizados. Se ubicaron debajo de una de las carpas para descansar del sol y resguardarse de la lluvia en caso de que repentinamente cayera. Claudia, con guantes negros y un uniforme azul oscuro, tomó uno de los huesos y comenzó a examinarlo. Revisó si tenía alguna lesión, la huella de alguna enfermedad o si presentaba características óseas llamativas.
«Lo que aquí hacemos es determinar qué lesiones hay en el cuerpo. Es decir, qué traumas sufrió que no solo afectaron los tejidos blandos —piel, músculos y órganos—, sino que también dejaron huella en los huesos y dientes. Por ejemplo, el paso de un proyectil de arma de fuego, un explosivo, una herramienta que fue usada como mecanismo cortante o cortopunzante. Lo anterior puede llegar a dejar lesiones muy características en los huesos que nos permiten confirmar que la causa de muerte mencionada en la necropsia se está viendo realmente en las estructuras óseas que estamos analizando», aclaró Claudia, médica graduada de la Universidad del Bosque, con posgrado en medicina forense de la Universidad Nacional y con experiencia en esa rama ya que trabajó con el Instituto de Medicina Legal entre 1998 y 2018 antes de ingresar a la Unidad de Búsqueda, en 2019. Estuvo vinculada a la UBPD hasta mediadios de 2025.

Claudia tomó otro hueso y lo examinó con detenimiento. Le pidió a Luisa Fernanda una opinión sobre su forma y estado de conservación. Hizo lo mismo en varias oportunidades. «Los hábitos alimentarios, los hábitos ocupacionales o los hobbies hacen que se desarrollen unas características en los huesos que nos pueden orientar. Entonces, una persona que haya hecho actividades físicas fuertes desarrolla una masa muscular muy fuerte. Esa masa muscular deja unas características óseas llamativas. Son huesos robustos que tienen áreas de inserciones robustas con los músculos. Todo eso contribuye a caracterizar el cuerpo y, por ende, a la persona», dijo y puso un hueso sobre la mesa.
El médico colombiano César Augusto Giraldo, uno de los pioneros de la medicina legal en el país y referente del tema en América Latina, describió así a la medicina forense moderna en su conocido manual ‘Medicina forense’, de 2009: «Es la rama de la ciencia médica que auxilia a las ciencias del derecho (…) Hoy rebasa el ámbito del auxilio de la justicia, siendo además una ciencia social porque conoce continuamente de la morbilidad y mortalidad de la violencia accidental, dolosa o autoinfligida, en sus diversas representaciones en la sociedad, lo que ha de aportar por medios de investigaciones descriptivas, epidemiológicas y casuísticas».
Además de revisar el estado de las estructuras óseas que los antropólogos —en este caso, Juan Camilo y Luisa Fernanda— y los criminalistas recuperaron del cementerio, Claudia también ayudó a reconstruir aquellas partes que lamentablemente no se conservaron bien en la bóveda o en el lugar de entierro y que se necesitan en el mejor estado posible para la identificación de la persona. El paso del tiempo y las condiciones climáticas —altas temperaturas o constantes lluvias—, al igual que la falta de cuidado y mantenimiento de los cementerios, deterioran los cuerpos inhumados.
Ella se puso un tapabocas, un delantal quirúrgico, una malla que cubre su cabello rizado y agarró un cráneo al que le faltaban partes óseas. Con cinta y pegamento, como si se tratara de un rompecabezas, lo reconstruyó. Entre aquellos fragmentos de huesos que estaban sueltos en la mesa, seleccionó algunos y los unió con delicadeza. Es un trabajo manual —casi artesanal— que toma tiempo.

«El cuerpo esqueletizado puede estar en todo el espectro de la conservación: desde estructuras óseas muy bien preservadas y con suficiente consistencia para su manipulación hasta un estado completamente deteriorado que, al tocarlo, se deshace en las manos», comentó Claudia mientras unía algunos fragmentos del cráneo. «Entonces hay que ver cómo vamos a abordar un cuerpo según las condiciones de conservación. El mejor de los escenarios es cuando el cuerpo está muy bien. Pero cuando no, empezamos a reconstruir las estructuras óseas. ¿Por qué? Porque, por ejemplo, podemos saber si un hueso está fracturado a causa de un mecanismo de alta energía o de un mecanismo contundente o cortante; o cortocontundente».
Una vez el cuerpo estuvo organizado y analizado, Claudia comenzó a comparar las características que vio con la necropsia asociada a la bóveda y al cuerpo que se recuperó. Se detallaron coincidencias: el género, posible edad, altura aproximada, lesiones o heridas reportadas, la manera y el modo en que fue inhumado, las prendas de ropa u objetos que llevaba en ese momento. «Las prendas y los accesorios que porta el cuerpo o que están asociadas también hablan y lo caracterizan», recalcó la médica forense.
De hecho, en otra mesa, Claudia observó y detalló la ropa y los accesorios que tenía uno de los cuerpos: una bota, un calzoncillo de hombre, una media, un cinturón, elementos en metal que podrían ser de una camisa y las costuras de un pantalón que se deshizo. Todas estas prendas y objetos los extendió también de manera anatómica. Tomó nota de lo que observó.

La comparación que se hace entre los hallazgos de los sitios de interés forense y las necropsias relacionadas a las bóvedas o los cuerpos es un proceso que la Unidad de Búsqueda llama ‘Verificación por correspondencia de información post mortem‘. En palabras más sencillas: tras la investigación, cuando se interviene un cementerio con cuerpos no identificados, la UBPD los recupera y revisa la información de sus necropsias. Se hace el cotejo y si existen coincidencias entre los datos de la documentación y lo que observa el equipo forense, se da un ‘match‘, una verificación de correspondencia positiva; es decir, la identidad de los cuerpos corresponde a personas registradas como desaparecidas.
Entre los datos que se tienen en cuenta en el proceso de ‘Verificación por correspondencia de información post mortem’ también está la carta dental. En Colombia, la identificación humana se puede hacer de tres formas: por huella dactilar, por perfil genético de ADN y a través de la carta dental, según el artículo 251 del Código de Procedimiento Penal. Por eso, en el laboratorio que se montó en el cementerio de Fuentedeoro se trajo a una odontóloga para revisar aquellos cuerpos que tenían asociada una carta dental.
Sofía Puentes estuvo concentrada en una de las mesas del laboratorio. Vestía traje quirúrgico, guantes negros y tapabocas. Un gorro azul cubría su cabello. Con pinzas y pegamento, reconstruyó una mandíbula, organizando el orden de la dentadura, diente por diente. Agarró el maxilar superior y adhirió las partes que se habían desprendido. «Si tú no tienes esos dientes organizados, no vas a poder hacer el diagnóstico, que es la forma en la que nosotros comparamos. Es lo que estamos haciendo acá: los hallazgos post mortem (el cuerpo recuperado) con la información post mortem (la necropsia y la carta dental)», explicó Sofía, odontóloga de formación y especialista en odontología forense, antropología forense y en ortodoncia. Desempeña esa labor desde 1993, cuando ingresó a la Fiscalía General de la Nación. Ha pasado por diferentes entidades y actualmente trabaja para la Unidad de Búsqueda.

Con la dentadura organizada, la odontóloga Sofía comparó la información que aparece en la carta dental asociada al cuerpo y a la bóveda. Algunas veces, solo van los nombres de los dientes que tiene el cuerpo: incisivos, caninos, premolares o molares del maxilar superior o inferior; en otras, en el documento aparece el dibujo de la dentadura. Si existe coincidencia, quiere decir que la identidad de la persona sí corresponde al cuerpo recuperado. Pero analizar la dentadura también permite conocer hábitos o estado de salud de quien se busca.
«Mientras los tejidos blandos del cuerpo —por ejemplo, los músculos— se descomponen, los dientes perduran (…) Así puedes dar un diagnóstico de sanidad o puedes dar un diagnóstico de patologías o enfermedades que le ocurren no solamente al diente, sino al hueso que lo soporta», aclaró la odontóloga mientras manipulaba unos dientes de uno de los cuerpos extendidos en la mesa. Explicó también que es posible confirmar si la persona se sometió a un tratamiento como una ortodoncia o la curación de un diente por medio de una amalgama —un relleno para tapar el daño ocasionado por una caries—. Esa información odontológica ayuda, aún más, a la identificación plena de quien se registra como desaparecido.
Tras la revisión de los antropólogos, la médica y la odontóloga, las estructuras óseas de cada cuerpo son guardadas en bolsas plásticas transparentes. En unas van los huesos más grandes y largos, como el fémur, el radio y el cúbito; en otras, los más pequeños —pies y manos—. El cráneo y los dientes van a parte.

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En el cementerio siguió haciendo calor, aunque una leve lluvia que caía a ratos refrescaba el ambiente. Entre los 45 cuerpos recuperados y que pasaron por el proceso de ‘Verificación por correspondencia de información post mortem‘, 31 resultaron con resultado positivo y los 14 restantes, negativo. Ya sin el traje antifluido, Juan Camilo explicó qué ocurre con los que no se pudieron identificar en el laboratorio que se montó en el camposanto: «Cuando la verificación es negativa, pero se establece la competencia de la UBPD en cada caso (víctimas de desaparición en razón del conflicto armado), los cuerpos son trasladados al Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses para continuar con el proceso de análisis de identificación».
A los 31 cuerpos con resultado positivo se les tomó una muestra ósea —un pequeño corte en uno de los huesos— y una dental y luego los inhumaron nuevamente en las bóvedas, embalados para conservarlos y con la información de SIRDEC de cada uno y de la Unidad de Búsqueda. ‘No se puede tocar – Prohibido exhumar o alterar’, dice en la placa que las cubre. Allí quedarán a la espera de que aparezcan sus familias.
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Luisa Fernanda utilizó una pequeña sierra eléctrica, cortó un fragmento del fémur de uno de los cuerpos y lo almacenó en una bolsita. En las instalaciones del Instituto de Medicina Legal será cotejado con muestras de ADN que han entregado miles de familias y personas buscadoras, para que el cuerpo pueda ser entregado y se ponga fin a décadas de incertidumbre por la desaparición forzada.

