La imagen de la portada fue generada con la ayuda de la inteligencia artifical Gemini de Google a partir de una fotografía real.
Texto y fotos: José Darío Puentes Ramos
– Publicado el 26 de abril de 2026 –
Karen Prada miró las montañas por la ventana de un carro y los recuerdos de su niñez se le vinieron a la mente. Se acordó de cuando salía de la casa familiar e iba a pie hasta la escuela, por las carreteras destapadas del corregimiento de San José de las Hermosas, en el municipio de Chaparral, en el sur del departamento del Tolima; cuando jugaba con sus vecinos y amigos de las fincas cercanas; cuando acompañaba a su padre y sus hermanos a las labores de campo.
También, entre esos chispazos que le trae la memoria, evocó la violencia que vivió a corta edad a causa del conflicto armado, las tropas de hombres y mujeres de camuflado o con uniforme verde militar que bajaban y subían, armadas, por el cañón de las Hermosas, un ecosistema de bosque andino y páramo ubicado en el tramo tolimense de la Cordillera Central, a una altura entre los 1.600 y los 4.500 metros sobre el nivel del mar. Rememoró el fuego cruzado, los bombardeos, los disparos. El miedo.
Para la temporada de 2025 en que Karen regresó a Chaparral, llovió todos los días sobre el pueblo. El día comenzaba con neblina y el cielo gris y a veces escampaba y salía brevemente el sol. Las carreteras permanecían con barro y en algunos tramos se presentaron derrumbes de tierra, árboles y piedras. Karen, de 19 años, se sentía ansiosa por el viaje que emprendió: arrancó desde Zipaquirá, un municipio del departamento de Cundinamarca donde trabaja, vive con su pareja y cría a su bebé. Desde allí tomó un bus que demoró 15 horas en llegar al área urbana de Chaparral. Luego abordó un carro rumbo a San José de las Hermosas, el destino de su travesía. Se sumaron siete horas más al recorrido.
Mientras el vehículo subía por las destapadas carreteras del cañón, Karen contó que se reencontraía con su madre. No sabía mucho de ella y la escasa información que tenía se la entregó, a cuenta gotas, su familia. Desde pequeña indagó, esperando alguna respuesta a esa pregunta que se hizo por años: ¿dónde estaba su mamá?. «Le empecé a consultar a mi papá qué había sucedido, cuál era la realidad», comenta.
Horas antes del encuentro de Karen con su madre, de a poco la lluvia cesaba. El sol se posó sobre las montañas del cañón al mediodía, pero las nubes grises permanecieron colgadas en el cielo, como si estuviesen esperando el encuentro entre hija y madre para después sí dejar caer el agua. Justo a esa hora, ella llegó a San José de las Hermosas y se dirigió directamente al cementerio del corregimiento. Está cercado con unas rejas metálicas blancas. Bajó del carro, cruzó por un caminito rústico y entró al camposanto. La tumba de Jehimy Roncancio, su mamá, está allí.

«Karen pidió que le diéramos un rato a solas antes de empezar la intervención para recuperar el cuerpo de su mamá», dijo una de las personas que la acompañaban en el cementerio.
Con cuidado, Karen pasó entre las otras tumbas hasta llegar a la de Jehimy. Era la única que se encontraba bajo una tela verde atada en sus extremos a cuatro varas de madera, como si fuese una carpa. Desde lejos, los demás vieron que ella se agachó, vio lo que decía la lápida y se quedó unos minutos conversando. No se escuchó lo que hablaba, solo se oía el silbido del viento y la fuerte corriente del río Amoyá, que pasa por el corregimiento. Esa charla entre hija y madre había quedado pendiente por el conflicto armado.
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La investigadora Claudia Beltrán esperó a que Karen terminara de conversar con la tumba de su madre antes de explicar a los acompañantes cómo se intervendría el cementerio de San José de las Hermosas, con el objetivo de recuperar el cuerpo de Jehimy. Presentó al equipo forense y de investigación de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), entidad que surgió del Acuerdo de Paz firmado en 2016 entre el Estado colombiano y las hoy desmovilizadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP). Su misión es buscar a quienes desaparecieron en el marco del conflicto armado antes del 1 de diciembre de 2016, fecha en que comienza a materializarse lo pactado entre las dos partes.
El equipo forense y de investigación de la UBPD lo integraban una antropóloga, una topógrafa, un criminalista y Claudia, quien es profesional en ciencias sociales de la Universidad del Tolima, especialista en derechos humanos y trabaja en la Unidad de Búsqueda desde mediados de 2020 en el área de Investigación humanitaria y extrajudicial. La intervención al camposanto consistió en remover la lápida y levantar la tumba donde estaba Jehimy, recuperar el cuerpo empleando técnicas de la antropología forense y la arqueología, recoger información del estado en que fue inhumado, retirarlo con cuidado y entregarlo al Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses para que realice el proceso de identificación humana —es decir, establecer científicamente si se trata, en efecto, de la madre de Karen—.

Pero mucho antes de la intervención, explicó Claudia, se hizo una investigación detallada y de contexto para ubicar el lugar donde fue inhumado el cuerpo de Jehimy. «Estamos en el tercer municipio del Tolima con más hechos de desaparición. Un lugar donde hubo un posicionamiento muy grande del Comando Conjunto Central de las FARC-EP. Justamente personas que pertenecieron en algún momento a ese grupo armado han contribuido con información». De acuerdo con el registro de la Unidad de Búsqueda, a marzo de 2025, en el Tolima existen 2.872 personas dadas por desaparecidas en razón del conflicto armado. De esa cifra, 485 son de Ibagué —la capital del departamento—, 201 de Planadas y 193 de Chaparral. Y en todo el país, esa entidad habla de 136.010 personas ausentes por la guerra.
Por su parte, el Comando Conjunto Central de las FARC-EP tuvo presencia en el sur del Tolima desde 1966, según la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (fue una entidad que surgió del Acuerdo de Paz de 2016). Entre las divisiones de este grupo armado ilegal estaba el Frente 21, que se movía por el cañón de las Hermosas y corregimientos dentro de ese ecosistema como San José de las Hermosas.
En el documento académico ‘Dinámicas de la violencia del conflicto armado en las Hermosas: Chaparral, Tolima (1986 – 2016)’, publicado en el 2020 por la Universidad del Tolima, se describe que en los poblados ubicados dentro y alrededor del cañón —que también es parque nacional natural— el Frente 21 ejerció una especie de gobernanza local, pues controlaba todas las actividades del territorio, tanto las económicas como las sociales: cobraban impuestos, administraban justicia y regulaban la convivencia. Incluso, llegó a ser conocido como ‘el Juzgado 21’.
En medio de esas acciones se cometieron violaciones a los derechos humanos como el reclutamiento forzado a las filas de las FARC-EP, enfrentamientos armados con el Ejército colombiano y otros grupos ilegales (estructuras paramilitares) donde civiles quedaron entre el fuego cruzado, asesinatos y desapariciones forzadas de personas.
«Se trata de desapariciones que reflejan lo vivido aquí en los años noventa y los 2000. La intensidad más alta se registró en los 2000», recalcó Claudia. Precisamente el caso de Jehimy transcurrió en el 2006, cuando el Frente 21 la reclutó.
Karen era apenas una bebé cuando las FARC-EP se llevó a su madre. Algunas veces, Jehimy logró verla, tenerla en sus brazos, abrazarla, consentirla. «Son pocos los recuerdos que tengo. Mi papá me llevó a visitarla cuando yo tenía como cinco años. Con la familia de ella también me comunicaba de vez en cuando. Con mi abuela, con mi tía. Y ya», contó Karen sobre la memoria que construyó sobre su mamá.
— Karen, ¿y recuerdas cómo era físicamente?
Se tomó una segundos para pensar antes de contestar la pregunta.
— «Pues la verdad, lo único así que recuerdo fue que al momento de llegar y verla, ella lloraba. También que era robusta y morena. Pero no tengo los recuerdos así muy claros».
Karen y su familia perdieron finalmente todo contacto de Jehimy en 2011. Ese año, según la investigación de la Unidad de Búsqueda, ella murió en combate con el Ejército. Su cuerpo fue inicialmente enterrado por miembros del Frente 21 en el punto donde ocurrió el enfrentamiento, en San José de las Hermosas, y unos meses después lo inhumaron en el cementerio del corregimiento. Dar con esa información, dijo Claudia, se trató de un largo proceso con los firmantes del Acuerdo de Paz que pertenecieron a ese grupo armado y con la comunidad que presenció los hechos.
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«Tenemos el apoyo invaluable de la Corporación Humanitaria Reencuentros, que ha sido un aliado estratégico para trabajar en esta zona del Tolima. Es muy importante decir que sin la comunidad esto no sería posible. Es una investigación viva, entendiendo el impacto que, hasta hoy, les dejó el conflicto armado», resaltó Claudia cuando habló sobre cómo se hizo la investigación previa a la recuperación del cuerpo de Jehimy.
«El trabajo con la Corporación ha sido articulado», agregó la investigadora. «Y ha derivado en recorridos que nos permiten no solo conocer los lugares, sino también apostar por tener la identidad posible de esa persona que se encuentra dispuesta en el lugar».
Luego de la firma del Acuerdo de Paz de 2016, un grupo de desmovilizados de las FARC-EP creó la Corporación Humanitaria Reencuentros, con el fin de apoyar la búsqueda de aquellas personas desaparecidas en medio del conflicto armado. En el sur del Tolima, sus miembros han documentado información de comunidades que vivieron los años más cruentos de la guerra y de antiguos combatientes; han levantado cartografías con ubicaciones donde posiblemente existen cuerpos enterrados y han recorrido esos lugares con otras organizaciones o entidades, como la UBPD, para intervenirlos con técnicas forenses.
Gracias a ese trabajo, según información publicada en su página web y consultada en marzo de 2026 para esta historia, la Corporación ha documentado 1.064 casos de personas desaparecidas y detectado 72 lugares de interés forenses en campo abierto y 49 en cementerios.

De esa manera se llegó a casos como el de Jehimy Roncancio. La Corporación hizo una cartografía de la desaparición en el corregimiento con ayuda de la comunidad y organizaciones civiles. Con esa información, se cruzaron datos y el resultado permitió dar con la mamá de Karen: reclutada por las FARC-EP en 2006, muerta en combate en 2011 e inhumada en el cementerio del corregimiento. Además, esta investigación permitió diferentes visitas en 2023 y 2024 al camposanto y el contacto con su hija.
— Karen, ¿cómo te enteraste del proceso de búsqueda de tu mamá?
— «(Funcionarios de la UBPD) Llegaron un día al negocio donde trabajo. Lo primero que hicieron fue presentarse, explicar cómo iba a ser el proceso. Me dijeron que mi mamá me empezó a buscar antes de que yo la estuviera buscando. O sea, que ellos ya tenían un cuerpo, pero necesitaban saber quién la estaba buscando».
Ya no solo era una hija buscando a su mamá. Era una joven madre buscando otra joven madre.
Después del diálogo con la UBPD, Karen y su padre aportaron una muestra de sangre para extraer de allí el ADN. Esa información genética servirá para establecer la identidad del cuerpo recuperado en el corregimiento —si se trata de Jehimy— y el parentesco entre madre e hija a través de un cotejo y análisis científico. En Colombia, esa labor solo la hace el Instituto Nacional de Medicina Legal, que busca y encuentra las coincidencias.
«Eso sí: yo insistía e insistía e insistía», agregó Karen, «para que las cosas —la recuperación del cuerpo y la identificación— se dieran rápido».
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Karen, de pantalón de sudadera azul oscuro, botas de plástico blancas y camiseta roja, se alejó a una corta distancia de la tumba de su madre y de inmediato comenzó el trabajo forense de recuperación del cuerpo. Angie Katherine Sánchez empezó a alistarse: de una canasta sacó trajes antifluidos blancos, guantes, tapabocas, brochas de cerda de diferentes tamaños, palustres, baldes y tamices de metal. Se agarró el cabello con una moña y se puso una bandana rosa alrededor de la cabeza. Mientras tanto, miembros de la Corporación que acompañaron ese momento, trabajadores de la zona y el criminalista de la UBPD retiraron la lápida y una pesada placa de concreto, cubierta con baldosas blancas, que tapaba la tumba. Tuvieron que hacer palanca con unas palas y emplearon toda su fuerza para empujar.
Mauricio Díaz, el criminalista, dejó a un lado la pala y agarró su cámara fotográfica. Debía hacer las primeras imágenes de la intervención. Acomodó los testigos —unas reglas con milímetros y centímetros empleadas en el campo forense— y tomó las fotos. Luego, vino la excavación. Trabajadores, gente de la Corporación, Mauricio y Angie Katherine tomaron cada uno su pala y comenzaron a sacar tierra negra. «¡Zas!, ¡clonk!, ¡zas!, ¡clonk!, ¡zas!, ¡clonk!», se escuchó en el cementerio. Karen, por su parte, observó atenta el inicio de la recuperación del cuerpo de Jehimy. El tiempo se le hacía lento, quería ver pronto a su madre.
«Lo primero que hicimos fue una instalación de lo logístico. Es decir, el sitio de interés forense es acordonado. Posterior, hacemos un registro fotográfico inicial de cómo se encuentra el sitio, cuáles son las condiciones en las que lo recibimos y después empezamos un despeje o descapote. Quitamos la capa vegetal y luego empezamos a bajar y excavar», aclaró Angie Katherine, antropóloga de formación con más de 13 años de experiencia. «Ella —la antropología— me eligió». Contó que alternaba sus estudios trabajando como arqueóloga e inició su carrera en el Cementerio Central de Bogotá. Sus énfasis son la antropología biológica y la forense.
El equipo que intervino la tumba de Jehimy excavó hasta llegar a una profundidad de un poco más de metro y medio y se formó un rectángulo de casi dos metros de largo por uno de ancho. Angie Katherine dio las indicaciones. La fosa tapaba a la antropóloga hasta las costillas. Se tuvo en cuenta la ubicación de las sepulturas vecinas para que la zanja no cruzara sus límites. El clima de la tarde era fresco, el viento corría y la amenaza de lluvia se alejó. Sin embargo, en las cimas de las montañas que rodean el cementerio había neblina.
La antropóloga y el criminalista se colocaron los trajes antifluidos, guantes y tapabocas. Les cubría todo el cuerpo. Tomaron los baldes, los palustres y las brochas e ingresaron a la excavación. Con delicadeza, limpiaron el área en busca de un hallazgo: un hueso, un pedazo de tela, trozo de madera de ataúd, algo que les indicara que allí se encontraba un cuerpo, una persona. Afuera, Karen miraba con atención cada movimiento. Movía involuntariamente las piernas, producto de la ansiedad y la impaciencia.

«En campo, digamos, lo que yo hago es una asistencia a la antropóloga. Claro, a uno le toca garantizar el registro fotográfico del antes, durante y después de la intervención, pero también toca ayudar con todos los temas de excavación, despeje del área y embalaje del cuerpo cuando se recupera», comentó Mauricio. Siguió limpiando la tumba, sacando tierra y raíces de pasto con el palustre y el balde. «¡Zas!, ¡zas!, ¡zas!, ¡zas!», la banda sonora de la intervención.
A la par, Claudia escribía rápidamente en una agenda todo lo que ocurría; y Camila Andrea Luna, la topógrafa, tomaba coordenadas y mediciones del lugar de excavación y las comparaba con la información de las visitas previas al camposanto.
«Cabe resaltar que desde el inicio —cuando se plantea una intervención— hacemos unos planos. Contamos con un sistema de ubicación satelital GNSS (Global Navigation Satellite System, por sus siglas en inglés), escáneres, GPS y drones. Hay varias herramientas para que estos productos sean lo más precisos posibles. Es muy importante tener los planos sobre cómo se encontraba el sitio y también del movimiento que genera la intervención», aclaró Camila, graduada de ingeniería topográfica y geomática.
Angie Katherine y Mauricio escudriñaron por un buen rato en la tumba hasta que encontraron algo: un vidrio, un pedazo de tela, plástico y trozos de madera. Jehimy ya estaba cerca de salir de allí. Casi década y media enterrada en las montañas de Chaparral bajo el alias con el que era conocida en las filas del Frente 21. Casi 15 años de respuestas bajo tierra que Karen iba a empezar a develar. La antropóloga y el criminalista empezaron a excavar por los lados del hallazgo, procurando no dañarlo. Entre cada remoción de tierra con el palustre, se ampliaba más. De a poco, se dibujó un ataúd completo en el suelo.
Camila ingresó a la excavación con un flexómetro para anotar las medidas de la fosa. Con el apoyo de Mauricio, acomodó unos jalones topográficos que le ayudaron a registrar el largo y el ancho de la zanja en la tierra. Tomó nota y el criminalista aprovechó para registrar el hallazgo en su cámara. Karen seguía atenta al trabajo del equipo forense. Se agachaba en el borde de la tumba a ver si podía observar el cuerpo de su madre. Ver cómo la enterraron, la ropa que le colocaron, los accesorios que le dejaron. Ampliar la poca información que tiene de ella.
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La tarde empezaba a caer. El verde de las montañas se comenzó a tornar azul, por la caída de la luz. Era momento de sacar el ataúd de la tumba. La antropóloga abrió el cajón de madera y se encontró con un cuerpo que había sido envuelto en un plástico grueso negro. Al abrirlo, no estaba esqueletizado. Científicamente, según explicó Angie Katherine, presentaba adipocira: una sustancia blanda y jabonosa producto de la descomposición. En otras palabras, tenía tejidos blandos —como músculos u órganos— que no se desintegraron en su totalidad.
«Hay muchos factores que influyen en la descomposición, como el tiempo de inhumación, es decir, que no había surtido un proceso mayor a 15 años. El cuerpo fue muy bien envuelto en varios tipos de contenedores: además de la ropa, estaba en telas, un plástico de alta densidad y un ataúd bien asegurado para que no se pudiera abrir fácil. Lo que hace todo esto es ralentizar el proceso de descomposición porque el cuerpo no está en contacto directo con el suelo ni con la fauna o la flora del terreno adyacente a este», explicó la antropóloga sobre el hallazgo. Lo anterior no permitió que el equipo forense lo extendiera anatómicamente, como se haría cuando se encuentran estructuras óseas, para revisar in situ y acelerar la identificación de la persona. Lateralizarlo —así se le dice en la terminología forense— representa un riesgo biológico para quienes participan en la intervención y, de paso, el cuerpo recuperado podría perjudicarse.
El final de la tarde se aproximaba. Así que el equipo forense y de investigación de la UBPD, ya exhausto por la jornada de trabajo, decidió no excavar más, dejó el ataúd en la tierra y sacó el cuerpo de Jehimy. Con ayuda de los trabajadores, la antropóloga y el criminalista embalaron el hallazgo con un plástico blanco, lo ataron a unos palos de madera y lo retiraron de la tumba.
Desde que inició labores, en 2018, hasta el 30 de marzo de 2026, la Unidad de Búsqueda ha recuperado 4.783 cuerpos de personas reportadas como desaparecidas forzadamente en el marco del conflicto armado.

El cuerpo de Jehimy fue llevado al Instituto de Medicina Legal. Karen deberá esperar hasta que el cotejo genético entre el hallazgo y su muestra de sangre dé positivo. Que se certifique que en San José de las Hermosas sí se encontró a su madre.
— ¿Cómo te sentiste con el resultado de la recuperación del cuerpo de tu mamá?
— «Yo venía pensando diferente, pensando que iba a mirar a mi mamá como tal. Pero pues uno debe entender las condiciones en que se encontró».
— ¿Y se puede saber qué le dijiste a tu mamá antes de empezar la intervención?
— «Le dije que cómo me hubiera gustado que ella estuviera aquí conmigo, hubiera distinguido a la nieta. Me puse nostálgica. También le dije que no iba a llorar porque la íbamos a sacar de ahí, la íbamos a llevar a un mejor lugar, donde ella verdaderamente merece estar».
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El trabajo del equipo forense y de investigación de la UBPD en San José de las Hermosas no terminó con la recuperación del cuerpo de Jehimy. En la finca de don Arturo Jiménez*, a pocos metros de la casa en donde duerme, come y guarda sus herramientas de trabajo, había unas altas plantas de plátano. Algunos racimos, listos para recoger, colgaban de la parte de arriba del grueso tallo. Se ubicaban en una pendiente. Al lado, varias matas de café. En ese punto exacto de la vereda El Escobal, en 2014, fue enterrado el cuerpo de Tatiana Rodríguez* luego de morir en un enfrentamiento con el Ejército.
Tatiana era menor de edad cuando fue reclutada por el Bloque Oriental de las FARC-EP en San Vicente del Caguán, un pueblo del departamento del Caquetá, a más de 200 kilómetros de El Escobal. Eso ocurrió en 2009. Por las dinámicas del conflicto armado, fue trasladada en 2014 hasta el Tolima para integrar el Comando Conjunto Central. Según la información recopilada por la Corporación y la investigación de la Unidad de Búsqueda, se dio un combate donde ella murió y su cuerpo, inicialmente, fue enterrado en el lugar donde cayó. Luego se exhumó y nuevamente se inhumó en los terrenos que hoy ocupan la finca de don Arturo.
En las acciones de localización, cartografía y recolección de datos que adelantaron la Corporación y la UBPD, junto con la comunidad del corregimiento, se logró identificar ese sitio de interés forense. «A través de la información que nosotros tenemos, le damos la ubicación a los compañeros de la Unidad de Búsqueda para que puedan hacer todo el trabajo de exhumación y las demás labores de campo. Ponemos todo lo que está a nuestro alcance (…) Nos falta hacer mucho más y hay que hacerlo para ayudar a aliviar ese dolor que tienen las familias que buscan a sus seres queridos», comentó John Jairo Oliveros, antiguo miembro de las FARC-EP, firmante del Acuerdo de Paz y enlace para el Tolima de la Corporación. También es persona buscadora, pues un hermano se encuentra desaparecido por el conflicto armado.
Al día siguiente de la intervención al cementerio del corregimiento, el equipo forense y de investigación de la UBPD se dirigió hasta El Escobal. Las lluvias de la noche anterior y la madrugada provocaron derrumbes de lodo y taponaron varias vías veredales. Así que la tierra estaba húmeda y fangosa.

Para llegar a la finca de don Arturo se debió subir, a pie, por un camino rocoso y barroso de herradura. Para los menos hábiles en ese tipo de rutas, el recorrido duró una hora. Para los más expertos, apenas 15 minutos. Las herramientas forenses y los equipajes del equipo fueron cargados por mulas.
«Aquí, en San José de las Hermosas, buscamos a dos mujeres y para nosotras era muy importante mostrar cómo la investigación podía posicionar las lógicas de la desaparición en la mujer. El enfoque de género hace parte de toda la búsqueda: atraviesa a quienes buscan —en este caso, una hija que busca a su madre y una madre que busca a su hija— y al equipo forense y de investigación —que, a excepción de Mauricio, está compuesto y liderado por mujeres—», resaltó Claudia acerca de la labor de sus compañeras y de las demás mujeres que se suman a los procesos de búsqueda.
Ya en la finca, don Arturo recibió a todo el equipo. Mauricio bajó por la pendiente y de una maleta sacó sus herramientas y una cinta morada que tenía repetida la frase ‘Misión humanitaria’. Comenzó a rodear el perímetro donde estaban las plantas de plátano y las matas de café, pues ese era el punto exacto de intervención.
Don Arturo, un hombre que toda la vida se la ha dedicado al campo, tomó una pala y ayudó a excavar. El cuerpo de Tatiana se encontraba debajo de las tierras de su finca.
«Yo cuando llegué acá no habían esas plataneras tan grandes», recordó don Arturo. Con Mauricio, bajaron los racimos de plátanos y siguieron cavando. Se tomaron unas fotos del lugar, que servirán para continuar con la investigación. Camila, con sus instrumentos, tomó coordenadas y mediciones del punto de intervención. Al rato llegaron trabajadores y gente de la Corporación, entre esos John Jairo y algunos que conocieron a Tatiana en las FARC-EP. También tomaron palas y sacaron tierra. Aquí la tierra no era totalmente negra. A medida que profundizaban las paladas, cambió de color: a café oscuro y luego a uno más claro, casi amarillento.

«Tenemos una región montañosa, una pendiente media, en donde es difícil caminar tranquilamente. El suelo tiene muchas y diversas características, con eso podemos identificar cómo ha sido el proceso de formación de este sitio. Hay una cobertura vegetal muy orgánica, un suelo pardo oscuro, característico de las primeras capas de la tierra. Evidenciamos un color o un tono más amarillento a medida que íbamos profundizando. Identificamos que el primer suelo y la capa orgánica es más arcillosa, mientras que la capa que está en contacto con el cuerpo es más arenosa. Además, tiene un alto nivel de humedad», explicó Angie Katherine.
Se abrió una fosa de poco más de un metro de profundidad frente a uno de los bordes de las plantas de plátano. La antropóloga y el criminalista, como en el cementerio del corregimiento, se colocaron trajes antifluidos, guantes y tapabocas. Agarraron sus herramientas, ingresaron a la zanja y limpiaron la zona excavada en busca de un hallazgo. Tras un rato, apareció: descubrieron un ataúd.
— «Queremos hacerle un homenaje a Tatiana. Les pido un momento para que me ayuden a levantar un altar. Trajimos unas velas y la familia nos compartió una fotografía de la chica», dijo Claudia.
— «Sí, vi por ahí unas flores bonitas y unas frutas. Las podemos agarrar», atendió alguien de la Corporación.
— «¿Podemos colocar la foto de Tatiana en un celular? También tomemos fotos de este momento para enviarle a la familia», pidió la antropóloga.
Quienes la conocieron en vida y quienes no, por un momento, se quedaron en silencio. Luego se hizo una oración y se dieron unas cortas palabras por parte del equipo forense y de la gente de la Corporación. Flores, hojas de plátano, naranjas, velas blancas y la foto de Tatiana, que salió de algún documento de identidad por el fondo azul, en la pantalla de un celular. Un aplauso cerró el homenaje.
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Continuó la recuperación del cuerpo.
Camila tomó nueva información topográfica del lugar de intervención, antes de que sacaran el cuerpo. Puso el flexómetro a lo largo y lo ancho de la fosa. «Con estos datos hacemos unos perfiles de cómo se encontraban las estructuras óseas o los cuerpos. Eso se utiliza para el informe de prospección, donde se indica la orientación del cuerpo, en qué medidas estaba el contenedor —un ataúd o un plástico, por ejemplo—. Es información que debe quedar muy detallada», comentó la topógrafa.
Angie Katherine y Mauricio abrieron el cajón y se dieron cuenta de que el cuerpo había sido envuelto en plásticos. Los cortaron con delicadeza para no dañar el hallazgo y encontraron que, como en el caso de Jehimy, este también presentaba tejidos blandos aún en descomposición. Ese estado generó un mal olor alrededor.
«Es importante mencionar que en la descomposición de un cuerpo no solo tenemos los factores edáficos o del suelo. Como ya lo había explicado, también influye la fauna y la flora del terreno. Por ejemplo, en este proceso son claves los coleópteros —escarabajos o cucarrones—, que excavan en la tierra y se comen algunos cartílagos y tendones, que son muy duros. También están las lombrices y demás especies», recalcó la antropóloga, teniendo en cuenta que el tipo de contenedor es otro determinante en la conservación del cuerpo.
Tras la revisión por parte del equipo forense y de investigación, los trabajadores ayudaron a sacar el cuerpo de Tatiana. Lo embalaron en un plástico blanco y lo metieron en un costal para que fuese más fácil cargarlo en hombros. También se envió al Instituto de Medicina Legal. Su madre ya entregó la muestra de sangre y espera, en Caquetá, que pronto le confirmen que sí es su hija. Le quiere hacer un homenaje, igual de solemne y digno como el que recibió en las montañas escarpadas del sur del Tolima por parte de quienes la desenterraron.
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Fotos: José Darío Puentes Ramos
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* Tanto el nombre del dueño de la finca de El Escobal como el de la persona desaparecida cuyo cuerpo fue encontrado allí se modificó para respetar sus identidades y no comprometer la seguridad del hombre ni de la familia de la menor de edad.









