Dentro de un laboratorio de identificación

Ubicado en el centro de Bogotá, en el laboratorio donde trabaja el equipo forense del Grupo Nacional de Apoyo al Sistema de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, se identifican a las víctimas de la desaparición forzada en el conflicto armado colombiano.

La imagen de la portada fue generada con la ayuda de la inteligencia artificial Gemini de Google a partir de una fotografía real.

Texto y fotos: José Darío Puentes Ramos
– Publicado el 26 de abril de 2026 –


En un laboratorio de paredes blancas, un grupo de expertos en antropología, medicina y odontología se alistaba para iniciar la jornada. Era de mañana y por las ventanas se colaban los rayos del sol. Vestían bata azul, guantes quirúrgicos del mismo color, mallas para cubrir el cabello y tapabocas. En el sitio también había estantes con paquetes de plástico blanco herméticamente sellados. Dos antropólogas tomaron uno delicadamente y lo colocaron sobre una mesa forrada con papel periódico. Lo abrieron con cuidado y comenzaron a sacar huesos humanos empacados en bolsas de diferentes tamaños. Las estructuras óseas más grandes salieron primero; finalmente, las pequeñas y frágiles.

Bajo lámparas de luz blanca, las dos expertas retiraron los huesos de las bolsas y los extendieron en la mesa. Una de ellas tomó un fémur y pasó un cepillo y un raspador de laboratorio sobre él. Al frotar las cerdas, sonó: «Xic, xic, xic, xic». Se removieron los residuos de tierra y polvo que quedaban del lugar de inhumación, ya sea una tumba o una bóveda. Ese mismo procedimiento lo repitieron con las vértebras, las costillas, la pelvis, el cráneo y los pequeños huesos de las manos y los pies.

Dentro del paquete plástico había tierra. La arrojaron sobre un tamiz de metal para cernirla y detectar si pequeños fragmentos óseos —esas partes que se desprenden de los huesos debido a la fragilidad provocada por el paso del tiempo o su desgaste natural— quedaron mezclados allí.

Antropólogas manipulando uno de los cuerpos que llegan al laboratorio. Lo sacan del plástico en el que fue embalado – Foto: José Darío Puentes Ramos

Tras limpiar bien todos los huesos, los organizaron anatómicamente. No estaban los 206 que conforman el cuerpo de un adulto. Pertenecían a una persona dada por desaparecida en el marco del conflicto armado colombiano; quizá llevaba mucho tiempo bajo tierra. El paso de los años —incluso décadas— y las condiciones climáticas o ambientales del lugar de inhumación (lluvias que provocan humedad o suelos con características orgánicas que aceleran la descomposición) provocaron la desintegración de algunas estructuras.

En el laboratorio, ubicado en el centro de Bogotá, la asepsia es obligatoria. Es un requisito indispensable para que el equipo forense del Grupo Nacional de Apoyo al Sistema de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición (GNASVJRNR) del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses trabaje en la identificación de víctimas de la guerra.

Manuel Elkin Rodríguez es el coordinador del grupo. Es médico de profesión y tiene una especialización en medicina forense. Su trabajo y el del equipo que lo acompaña consiste en devolver la identidad de los cuerpos que el conflicto armado intentó borrar. «Nosotros somos hijos, somos papás, somos hermanos. Sabemos qué se siente o qué se puede sentir con la angustia de una persona desaparecida. Encontrar a una sola persona, así sea dentro de centenares de casos, es gratificante. Sabemos que estamos poniendo nuestro granito de arena para calmar ese dolor».

Ese «granito de arena» es, en realidad, ciencia y dignidad para las víctimas del delito de desaparición forzada.

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El recorrido de un cuerpo hacia su nombre comienza mucho antes de cruzar las puertas del laboratorio. Empieza en los cementerios y en las fosas —ubicadas en una montaña, un bosque o una selva— donde entidades del Estado colombiano como la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP, que cuenta con el Grupo de Apoyo Técnico Forense -GATEF-) o la Fiscalía General de la Nación (a través del Grupo Interno de Trabajo de Búsqueda, Identificación y Entrega de Personas Desaparecidas -GRUBE-) investigan, escudriñan y escarban para recuperar a esa persona inhumada que figura como desaparecida.

Luego, el cuerpo es enviado al Instituto de Medicina Legal. Viene embalado, con los datos de la entidad que lo recuperó y con un acta de inspección que narra cómo fue encontrado: si estaba boca abajo, si tenía las manos atadas, si la tierra era arcillosa o arenosa. Entra como un caso activo dentro del Sistema de Red de Desaparecidos y Cadáveres (SIRDEC) —una plataforma que almacena los registros— y se le asigna un número de radicado, una cifra que el equipo del GNASVJRNR tratará de convertir en un nombre y un apellido.

«A veces llegan como esqueletos limpios, secos por el paso del tiempo», dijo Manuel. En otras ocasiones se reciben cuerpos con procesos de descomposición activos. Se refiere a fenómenos como la adipocira, una transformación química de la grasa corporal que ocurre en ambientes húmedos y convierte los tejidos en una especie de cera jabonosa. Lejos de ser un obstáculo, ese hallazgo se convierte en un elemento más para lograr la identificación.

«Hemos tenido casos que vienen en adipocira, en avanzado estado de descomposición», relató Manuel. «Eso nos permite recuperar los pulpejos —la parte blanda y carnosa de los dedos—, enviarlos al laboratorio de lofoscopia —ciencia que estudia los dibujos formados por las huellas de las manos y los pies— y obtener así la información dactilar». En Colombia, la identificación humana se puede hacer de tres formas: por huella dactilar, por perfil genético (ADN) y a través de la carta dental, según el artículo 251 del Código de Procedimiento Penal.

Lo fragmentos óseos más pequeños y la tierra que queda en el embalaje pasan por un tamiz de metal – Foto: José Darío Puentes Ramos

Sin embargo, la gran mayoría de los casos que aborda este grupo especializado corresponde a cuerpos esqueletizados a los que el tiempo y la tierra han despojado de sus rasgos, obligando a la ciencia a leer sus huesos.

La recuperación, descripción e identificación de estructuras óseas de seres humanos es la principal labor de quienes ejercen la antropología forense, asegura Karen Ramey Burns, reconocida antropóloga estadounidense y autora del libro ‘Manual de antropología forense’, de 2007. En el laboratorio, explica la experta, se encargan de examinar y analizar los tejidos duros. «Un médico forense puede ser útil cuando el esqueleto presenta tejidos momificados; el antropólogo, cuando la descomposición está muy avanzada o el trauma óseo es un elemento principal en la muerte».

Ramey también aclara que el análisis antropológico de un esqueleto tiene por objetivo obtener información, «la máxima posible». En su libro dice: «Debe aportar información acerca de las actividades del individuo, las circunstancias de su muerte, el intervalo post mortem y el destino de los restos durante el mismo». Por eso, el proceso de identificación es meticuloso. No se trata solo de abrir una bolsa y mirar.

Con delicadeza, las antropólogas limpiaron cada estructura ósea y después extendieron el cuerpo sobre la mesa. El cráneo arriba, la columna vertebral debidamente organizada, la caja torácica, la pelvis, el fémur, la tibia. Se buscó recrear la forma humana de alguien que una vez caminó, abrazó y corrió. «Aquí convergen tres miradas», comentó Manuel en medio del laboratorio. «La antropología, la odontología y la medicina».

Una antropóloga limpia con un cepillo el fémur de una persona – Foto: José Darío Puentes Ramos

Además de leer los huesos y analizarlos, desde la antropología se define el perfil biológico. Por ejemplo, se examina la pelvis para determinar el sexo —la femenina es más ancha, mientras que la masculina es más estrecha—. Se observa el desgaste de las superficies articulares para estimar la edad y se miden los huesos largos con tablas métricas para calcular la estatura.

Pero la antropología también busca las cicatrices del pasado: una fractura en el brazo o una cojera producto de una vieja lesión, entre otros traumatismos. Esas marcas, llamadas lesiones ante mortem, son pistas vitales. También busca las peri mortem, aquellas que ocurrieron en el momento de la muerte y que, muchas veces, narran la historia final de la víctima: un impacto de bala, un golpe contundente o un ataque con arma cortopunzante.

Mientras tanto, el médico forense integra todo: los hallazgos de la antropología y la revisión de las prendas de vestir y accesorios que vienen con el cuerpo —ese pantalón o esa camisa que la familia recuerda de la última vez que vio a su ser querido—, buscando desgarros, marcas de pólvora de proyectiles de armas de fuego o etiquetas que den una pista sobre la talla.

«El abordaje interdisciplinario —antropología, medicina y odontología— efectúa un análisis en contexto que, sobre el fondo de la información surgida durante la investigación de los hechos, articula la información suministrada por el estudio arqueológico de la escena con la determinación de la presencia o ausencia de alteraciones morfológicas de la osamenta», asegura la médica patóloga Luz Mary Morales Rodríguez en la primera parte del libro ‘Patología y antropología forense de la muerte’, de 2016.

Para la identificación es necesario examinar detenidamente el cuerpo que se recupera – Foto: José Darío Puentes Ramos

Los procesos que Manuel y su equipo emplean en el laboratorio no son nuevos. Para hablar de la medicina forense como ciencia es clave remontarse al siglo XVI con Ambrosio Paré, cirujano francés que en 1575 publicó un manual llamado ‘De los Informes y de los Medios de Embalsamar los Cadáveres’, en el que establece una metodología para realizar informes médico-legales. Por su parte, en Colombia, la creación en 1833 de la cátedra ‘Medicina Legal y Anatomía Patológica’ en el Colegio del Rosario —hoy Universidad del Rosario— marca un hito en la investigación forense del país, según César Augusto Giraldo, autor del libro ‘Medicina forense’, de 2009, y reconocido experto en la materia. En el siguiente siglo, en 1914, se organizó el Servicio de Medicina Legal, antecesor del actual Instituto de Medicina Legal.

En cuanto a la antropología forense, Ramey afirma que el estudio del esqueleto humano para identificar a una persona no tiene una fecha de inicio exacta, pero uno de los primeros casos en el que se empleó fue el juicio Webster/Parkman, de 1850. George Parkman, un médico de Boston, en Estado Unidos, fue desaparecido y dos expertos en anatomía de la Universidad de Harvard analizaron las estructuras óseas encontradas en el laboratorio de John White Webster, principal sospechoso del crimen. La conclusión fue que los huesos hallados coincidían con la identidad de Parkman.

Esa rama de la antropología siguió evolucionando y en la segunda mitad del siglo XX, puntualmente en los años setenta, se crearon asociaciones científicas en Estados Unidos y se formalizó el término ‘antropología forense’ con la escritura de documentos académicos sobre el tema. A la par, en América Latina surgieron dictaduras militares —como en Argentina y Chile— donde se cometieron graves violaciones a los derechos humanos, incluida la desaparición forzada. En ese contexto aparecieron figuras como el antropólogo estadounidense Clyde Snow, de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, quien se interesó en investigar esos hechos.

El periodista Alonso Salazar, en su libro ‘El largo vuelo del cirirí‘, de 2024, describe a Snow de esta manera: «Él había recorrido el mundo revelando los secretos que guardan los huesos. Resolvió, cuando no había tecnología de ADN, algunos enigmas forenses de la historia con herramientas que ahora parecen rudimentarias (…) Era un hombre trascendental en la lucha por la identidad de los desaparecidos. Snow había llegado a Argentina, a pedido de las Madres de Plaza de Mayo, para ayudarlas a identificar los restos encontrados cuando el país retornó a la democracia (…) Después replicó su experiencia en varios países de América Latina».

La boca es un archivo indestructible. Los dientes soportan el fuego, el agua y el tiempo mejor que cualquier otra parte del cuerpo. Dentro de la identificación forense, la odontología no solo estima la edad de una persona, sus hábitos o si se le practicó algún tratamiento en vida (como una ortodoncia), sino que también busca lo que la hace única. «Estamos tras características individualizantes. Por ejemplo, un diastema. Esa separación entre los dientes frontales hace que una sonrisa sea inconfundible», dijo una de las odontólogas del Grupo Nacional de Apoyo al Sistema de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición. Esa información se coteja con los datos entregados por las familias buscadoras que denunciaron la desaparición o con los registros de la necropsia al momento de la inhumación, si el cuerpo estaba en un cementerio.

Un maxilar inferior visto por una odontóloga desde una lupa con lámpara – Foto: José Darío Puentes Ramos

En una de las mesas había un cráneo con la mandíbula separada. Al maxilar inferior le faltaban dientes. «A veces toca reconstruir diente por diente. Si el cuerpo viene esqueletizado y los dientes se han caído del cráneo por el proceso de descomposición, yo tengo que volver a ubicarlos. Tengo que saber que este canino pertenece a este alvéolo específico —la cavidad donde se aloja el diente— porque la morfología es única. No encaja en ningún otro lado», explicó la experta.

Una calza de amalgama en una muela inferior, un diente partido al morder algo duro, un tratamiento de conducto a medio terminar o dientes supernumerarios (esas piezas adicionales que son como una huella digital oculta en la encía): esas son algunas de las pistas que se buscan.

La odontóloga siguió trabajando en la mandíbula. Revisó el estado de los dientes y luego los adhirió al maxilar inferior con pegante. Se levantó y tomó otra muestra. Esta vez la examinó, primero, bajo una lámpara con lupa. Con una sonda periodontal buscó detalles en las muelas que están pegadas al hueso, huellas que pueden conducir al nombre y apellido de una persona.

«La genética no identifica por sí sola. El ADN es una herramienta poderosa, sí, pero no es mágica. Para que funcione, se necesita un cotejo. Es como tener una llave (el perfil genético del hueso) pero no saber cuál es la cerradura (el perfil genético de la familia)», explicó el médico Manuel.

Todo el trabajo antropológico, médico y odontológico del laboratorio se complementa con el cotejo genético. Se toma una muestra del cuerpo —preferiblemente un fragmento de fémur o un molar intacto, donde la pulpa dental resguarda el material genético como en una caja fuerte— y se envía al Laboratorio de Genética Humana del Instituto de Medicina Legal. Allí, un grupo de genetistas extraen el perfil. Pero ese dato es inútil si no hay con qué compararlo. Por eso, a las familias buscadoras se les pide una muestra biológica —sangre o saliva— para extraer su ADN.

Una odontóloga examina un cráneo y los dientes que aún están fijos – Foto: José Darío Puentes Ramos

No existe un tiempo determinado para conocer el resultado. Manuel aseguró que se han identificado cuerpos en dos semanas, mientras otros han tardado años. Todo depende de la complejidad del caso. «De si el cuerpo estaba mezclado con otros en una fosa común, de si la muestra de ADN tenía suficiente calidad, de si hay familiares vivos con quienes comparar».

El coordinador continuó: «Los perfiles genéticos que se suben al Banco de Perfiles Genéticos de Personas Desaparecidas son números. El sistema puede encontrar una coincidencia numérica por azar. Por eso, esa coincidencia debe verificarse con las otras líneas de evidencia». Es decir, con la información que los investigadores recaban de las familias y allegados, sumada a los hallazgos del equipo forense.

Todo este esfuerzo técnico, las horas midiendo fémures, pegando dientes y analizando secuencias, confluye en un solo momento: el Informe Integral de Identificación. Es un documento donde el médico, el antropólogo, el odontólogo y el genetista firman una conclusión. Según el documento ‘Estándares para la Búsqueda de Personas Desaparecidas’, publicado en 2025 por Medicina Legal, la UBPD, la Fiscalía y la JEP entre otras entidades y organizaciones civiles interesadas en encontrar a quienes siguen ausentes, solo hay tres posibilidades:

– Identificado: todo coincide. La ciencia tiene la certeza.

– Excluido: definitivamente no es la persona (por ejemplo, el cuerpo es femenino y se busca a un hombre).

– Información insuficiente: los datos no alcanzan para confirmar ni para descartar. La búsqueda continúa.

El equipo del GNASVJRNR en una jornada típica – Foto: José Darío Puentes Ramos

Cuando se logra la identificación, viene la parte más humana y difícil del proceso: la entrega digna a sus seres queridos. No es un trámite administrativo; es un acto de reparación y de verdad. Pero si no se logra, el cuerpo no se vuelve a enterrar en el olvido. Se custodia en los repositorios del Instituto de Medicina Legal con una promesa implícita: la búsqueda continuará.

«Lo vemos como la forma de aportar a la verdad en un país en conflicto», comentó Manuel. «Somos ciudadanos comprometidos. Sabemos que con que uno solo se encuentre, con que una sola familia reciba respuesta, ya valió la pena».


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